Muchas personas creen que es lo mismo. Tal vez el error empiece precisamente ahí.
Estar a solas describe una situación. La soledad describe un sentimiento.
Puedes estar solo en una montaña y sentirte profundamente unido. Puedes sentarte entre muchas personas y sentirte más solo que nunca.
No todo estar a solas es soledad. Y no toda soledad desaparece en cuanto hay personas a tu alrededor.
¿Por qué tememos tanto estar solos, aunque al mismo tiempo anhelamos tranquilidad?
Quizá porque el silencio puede más de lo que creemos. El silencio es una prueba. Algunos lo viven como una amenaza; otros, como un regreso a casa.
Muchas personas intentan huir de la soledad. Se ocupan con trabajo, televisión, música, el teléfono, ruido y citas.
A veces ayuda. A veces sólo aplaza la soledad.
Tal vez el camino no pasa alrededor del silencio. Tal vez pasa por el centro.
Allí sucede algo extraño. No de inmediato. No de forma espectacular. Muy lentamente.
Te encuentras contigo mismo. No como juez. No como adversario. Sino como aliado.
Quizá allí comienza el regreso. No sólo hacia otras personas, sino también hacia ti mismo.
Salir de una soledad profunda rara vez es un salto. Es un camino silencioso.
Primero encuentras personas. Después nacen conversaciones. Algunas conversaciones se convierten en encuentros. De algunos encuentros nace la confianza.
Y un día notas que has vuelto al centro de la vida. No de repente. Paso a paso.
Cuando has recorrido este camino, reconoces la diferencia entre ocupación y plenitud, entre una conversación y un encuentro verdadero, entre estar a solas y la soledad.
Tal vez entonces recuerdes la mirada por la escotilla.
Delante de ti sólo estaba el mar. No podías ver la tierra, no porque no existiera, sino porque el horizonte todavía la ocultaba.
A veces la esperanza también es así.
Si no envías el mensaje, no encontrarás esa tierra. No te encontrarás a ti mismo de inmediato. Aún no.
Envía un pensamiento. Una sonrisa. Un mensaje. Una carta. Una conversación.
Algunos mensajes quedan sin respuesta. Otros devuelven una pequeña señal: una palabra, una sonrisa, una invitación o simplemente la certeza de que detrás del horizonte hay tierra.
Tal vez allí no espere una vida completamente nueva. Pero quizá una persona nueva, una conversación nueva, una esperanza nueva, una tarea nueva.
Estar a solas no tiene por qué ser el final. A veces sólo es la travesía.
Detrás del horizonte no comienza únicamente una tierra nueva. Allí esperan nuevos encuentros, nuevos pensamientos y nuevos caminos. Quizá incluso personas que se conviertan en compañeros de viaje.
Si no envías el mensaje, no encontrarás esa tierra. Toda Arca vuelve a alcanzar tierra algún día.
Y si tu mensaje llega a otra persona que también tuvo el valor de mostrarse, os encontraréis como personas afines que dieron el primer paso.
Tal vez allí comience la comunidad del Arca.
Quizá encuentres compañeros que no te juzgan, sino que te escuchan; que no quieren convencerte, sino comprenderte; que no son más ruidosos que otros, sólo más sinceros.
Si quieres enviar tu mensaje, la escotilla del Arca está abierta.
Detrás no espera la respuesta a todas las preguntas. Pero quizá la primera persona que comprende tu pregunta.
